Soy leyenda

Un clásico de la literatura sin una acertada adaptación en cine

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



En el rubro cinematográfico, la ciencia ficción de los años cincuenta puede considerarse como una vertiente esencialmente terrorífica. Horripilantes extraterrestres y mutantes radioactivos reemplazaron a los envejecidos fantasmas y hombres lobo con el objetivo de provocar pánico en las salas cinematográficas. Dentro de este contexto, autores literarios como Matheson, plantearon su primera novela sin dejar de lado la veta comercial, considerando así como una buena idea escribir una historia de horror, salpicada con cierta dosis de ciencia ficción.

 

Es entonces que por el año 1954  apareció publicada  Soy Leyenda directamente en forma de libro, hecho no tan común entonces como ahora, ya que la mayoría de la ficción de género vivía confinada en el marco de las revistas. Desde lo argumental, es considerada como una novela de vampiros, pero no en la tradición fantástica procedente del romanticismo que cristalizaría en el Drácula de Bram Stoker. Matheson enfoca el tema desde un punto de vista racionalista, heredado de su condición de autor de ciencia ficción, e intenta explicar de un modo plausible la infestación vampírica que ha transformado a la humanidad. Su protagonista, Robert Neville, el último hombre sobre una Tierra poblada de vampiros, cree en su existencia, aunque se resiste a aceptar las leyendas supersticiosas en torno a ellos. Encerrado en su casa con un microscopio y un montón de libros, buscará el porqué de la epidemia y, a ser posible, intentará hallar el remedio.  Neville descubre en la sangre de los vampiros una bacteria a la que él es inmune, vacunado casualmente por el mordisco de un murciélago enfermo, años atrás. La bacteria pasa al estado de espora y en el caso de que el vampiro muera y se descomponga, se dispersa por el aire y contamina a otras personas.

Demasiado tentadora era la historia de Matheson como para no caer en manos de alguna productora de cine. La primera en dar señales de interés fue la Hammer Films: hacia 1958, tras el éxito de Drácula (Dracula, 1958) de Terence Fisher, la Hammer contrató al escritor para una adaptación de su propio texto, al igual que había hecho en The Incredible Shrinking Man, (1957), de Jack Arnold, eligiendo como director del proyecto a Val Guest, y Europa como lugar de rodaje; pero por aquel entonces, la censura británica, la MPPA, ejercía un férreo control sobre la producción; tanto la citada versión de la novela de Stoker, como The Curse of Frankenstein, rodada en 1957 por el propio Fisher, recibieron notorios toques de atención por parte de aquella, amén de diversos cortes. Cuando fue presentado el guión de Matheson, Michael Carreras, responsable de la producción, fue amenazado con que la película, tras su rodaje (y consiguiente gasto económico) sería prohibida en su totalidad por la censura; ante tal amenaza, la mítica productora británica decidió cancelar el proyecto. En esa época la Hammer tenía un contrato de distribución en Estados Unidos con un productor Robert L. Lippert, así pues, cedieron el guión a Lippert y se desentendieron del proyecto.

La primer versión que salió a la luz fue  The Last Man On Earth / L’ Ultimo Uomo Della Terra (1964) una coproducción italo-norteamericana dirigida por Sidney Salkow y Ubaldo Ragona, con Vincent Price (a cargo del relato en off), y Franca Gettoia en el reparto. El guión corrió a cargo del propio Matheson, quien, en desacuerdo con las modificaciones posteriores, se negó a firmar con su nombre y figuró en los créditos con el seudónimo de Logan Swanson.

La película ofrece una atmósfera lúgubre y pesimista en verdad loable, con una fotografía en blanco y negro mortecina y apagada que retrata los planos de las calles solitarias con inusitada potencia. Lo que más sorprende una vez vista la película, y teniendo en cuenta su año de producción (1961) es su enorme parecido con un clásico como The Night of the Living Dead (1968) de George A. Romero. Así, el aspecto desmañado y blanquecino de los resucitados -hasta entonces, la iconografía vampírica que pervivía era la establecida por la Universal y por la Hammer, en nada similares a los que ofrece el presente film-; el paulatino reporte televisado de las consecuencias de una misteriosa epidemia; o la aparición final de un comando paramilitar que masacra desapasionadamente los vampiros. Otra de las sorpresas es la enorme fidelidad con respecto al libro de Matheson; así, los únicos cambios notables que caben resaltar es sustituir la hecatombe nuclear de la novela por una misteriosa plaga -sin duda por razones presupuestarias- que en principio produce debilidad, luego ceguera, y después una aparente muerte seguida de una resurrección vampírica. El concepto de Matheson, de ese modo, es tergiversado y eliminado todo su potencial subversivo: Neville es temido por los vampiros, pues es un ser diferente e implacable que día a día los acosa y elimina; ahora él es el monstruo, y por tanto ha de ser aniquilado.

La más renombrada fue la segunda versión The Omega Man (1971), dirigida por Boris Sagal y protagonizada por un Charlton Heston en continuidad apocalíptica tras el éxito de The Planet of the Apes (1968) y sin contar esta vez con la participación de Richard Matheson. En este caso, se desvirtúa completamente el original de Matheson, tanto en el tono sombrío y acabado de la novela en contraposición con los personajes (los vampiros encapuchados conforman una secta de mutantes creados por los efectos de una guerra bacteriológica) y acelerada dinámica del film.

Una tercera versión que quedó en el intento estuvo en manos de Michael Bay, quien había decidido empezar a rodar su propia interpretación sobre el tema en el 2002 con Arnold Schwarzenegger o Kurt Russell pero, gracias a que su director Ridley Scott no aceptara la dirección del film, el proyecto quedó descartado.

Habrá que seguir esperando...

 

Sergio Dobosz