Obsesión de venganza

...sobre Charles Bronson

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


"- ¿Quién mierda eres?

- La muerte."

(Charles Bronson: El vengador anónimo 4)

 

La verdad es que no hay mucho por decir acerca de Charles Bronson que no se deduzca de la anterior cita y del imaginario -cinematográfico- colectivo de todos aquellos mínimamente iniciados en la obra de, probablemente, el último tipo duro de la pantalla grande. Su mero nombre dispara, por lo menos por estos pagos, todo tipo de referencias fílmicas y extrafílmicas que en la mayoría de los casos resultan indiscernibles. Desde la imagen icónica del hombre común y corriente empujado por las circunstancias hacia un abismo de sangre, venganza y justicia (de una manera bastante objetable), hasta el recuerdo de tardes enteras perdidas (por lo menos eso me decían) frente al televisor, intercambiando el bienestar ocular por unas cuantas horas de super acción. Como sea, estas líneas dan cuenta de Charles Bronson, su imagen y su mayor preocupación: la venganza.

Unido indefectiblemente a ese grupo de forajidos de la interpretación que canjearon sus acciones físicas y sus memorias emotivas por revólveres y cartuchos de dinamita (Ernest Borgnine, James Coburn, Jason Robards y la lista sigue), Bronson aceptó los términos y condiciones de su elección aún conciente de lo que esta significaba realmente. ¿Qué significó? Años y años de procesión por papeles secundarios que, si bien finalmente rindieron sus frutos, no fueron otra cosa que un mecanismo de defensa de la industria por el solo hecho de no seguir la corriente de actuación del momento. Una especie de castigo por su rechazo al Método (y, por consiguiente, al gusto del público). Castigo que sobrellevó de la misma manera que Bernardo O´Reilly en Los siete magníficos (John Sturges, 1960), Joseph Wladislaw en Los doce del patíbulo (Robert Aldrich, 1967) o Danny Velinski, aquel claustrofóbico cavador del túnel en El gran escape (John Sturges, 1963); apretando los dientes y cumpliendo con su trabajo de la mejor manera posible.

Fue esta resistencia dentro y fuera de la pantalla (más dentro que fuera, tampoco es mi intención martirizar a nadie) la que moldeó poco a poco a Bronson hasta darle su apariencia final. La imagen que lo lanzó al estrellato y que lo acompañaría de ahora en más; el vigilante fuera de la ley dispuesto a todo a cambio de venganza. Ya sea en un pueblo del lejano oeste o en un ghetto neoyorquino, frente a cowboys o a punks, armado con un revólver Colt o con un balón-explosivo a control remoto, sus personajes (y su modelo de héroe) buscaron una vía alternativa para el restablecimiento del orden y la justicia: la mano propia. He aquí la esencia de Charles Bronson. La esencia del Vengador Anónimo. (Esencia que, si se me permite, por más efectiva y excitante que parezca, encierra en sus premisas los síntomas de una sociedad individualista y reaccionaria como la norteamericana. La del ojo por ojo y la pena de muerte. El papel de justiciero-defensor-de-los-débiles que representa el arquitecto Paul Kersey -personaje protagonista de la saga El vengador anónimo-, solo es tal debido a que sus intereses personales están en juego: vengar la muerte de su mujer y, posteriormente, la de su hija. En ningún momento tiene conciencia moral y/o social de lo que estaba haciendo. Es más, en ningún momento ayuda a ninguna persona que no sea familiar, amigo o conocido suyo. Y la prueba está en que, una vez alcanzados dichos intereses personales, Kersey "descansa" hasta que el crimen golpea nuevamente a su puerta.)

Con un estilo personal aceptado y exitoso, Charles Bronson pudo disfrutar de los beneficios del público y de la industria norteamericana finalmente en 1974 -año de estreno de El vengador anónimo-, a los cincuenta y tres años de edad y con más de veinte en el cine (Europa lo había aclamado tiempo atrás, gracias a sus participaciones en el gigantesco western de Sergio Leone C'era una volta il West y junto a Alain Delon en Adieu l'ami, ambas de 1968). De ahí en adelante, su historia se transformaría en una figurita repetida, un ejemplo más en el manual de instrucciones de Hollywood: (1) revalorización de la obra, (2) obtención del máximo rédito del personaje (4 secuelas), (3) reconocimiento institucional obligatorio (una estrella en el 6901 de Hollywood Boulevard), (4) saturación y (5) degradación y posterior confinamiento al ámbito televisivo (Familia de policías I, II y III). No hay por que asombrarse, mucho menos enojarse, así funciona la cosa en el mundo del espectáculo. Un día estás filmando en Almería (España) junto a Henry Fonda y Claudia Cardinale y al otro estás persiguiendo a una banda de drogadictos con una bazooka por las calles de Brooklyn.

Perseverante y decidido, Charles Bronson mantuvo durante medio siglo su reputación de tipo duro incorruptible en la pantalla del cine y la TV. Una reputación que, respaldada por una centena de films, lo convirtió en un icono innegable del cine de acción y en un ejemplo para la profesión (su último papel lo interpretó a los 78 años!). "Supongo que me veo como una cantera de piedras que alguien ha dinamitado", dijo una vez, al referirse a su aspecto físico. Es cierto, con el correr del tiempo su apariencia se volvió despareja, frágil, patética. Pero también es cierto que, por más desparramadas que estén, es imposible sacarle sangre a las piedras. Y, en fin, como bien señaló James Caan en Al calor de las armas (Christopher McQuarrie, 2000), "lo único que se puede deducir de un viejo reventado es que es un sobreviviente". Sí, supervivencia... de eso trató el cine de Charles Bronson.

Pablo Marín