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Perfiles: JOHN CARPENTER Diario de un vampiro invisible
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Corría el año 1953 en Rochester, Nueva Cork. El pequeño John entra excitado junto a su madre al cine donde se está proyectando El enigma de otro mundo en 3D. Fascinado frente a la pantalla y por estar usando esos extraños anteojos de colores, cuando se apaga la luz se deja hipnotizar por los primeros planos del film: -La primera toma que me acuerdo de la película es un plano general de un paisaje desierto; la cámara panea mientras un meteoro cae desde el cielo. En el segundo plano, el meteoro viene directamente hacia la cámara y explota, salió de la pantalla y reventó en mi cara-, aseguró John. El pequeño se despega raudamente de la butaca y comienza a correr: -Abandoné a mi madre y corrí por el pasillo del cine totalmente aterrorizado. Pero para cuando había llegado a la salida me di cuenta de que estaba enamorado del cine-, afirmó a continuación. Así comenzó la relación casi idílica entre el pequeño John Carpenter y el cine, como si se tratara de una prolongación del final de Casablanca. Sería el comienzo de una gran amistad que luego de décadas y hasta el presente le significaría una carrera prodigiosa, subvalorada por muchos y reivindicada por tantos otros, quienes lo consideran el cineasta más talentoso de los últimos 20 años del cine norteamericano. Fanático confeso de los films de Howard Hawks, obsesivo a la hora de filmar un plano y adepto a los esquemas planteados por el género, la filmografía de John Carpenter se nutrió del terror y la ciencia ficción. En ambos encontró una llave poderosa para dar rienda suelta a su creatividad y para expresar su mirada ante el universo, dotada de una filosofía nihilista propia que se traduce en ideas profundas reflejadas en sus películas. Nacido en Carthage (New York) en 1948, el anárquico John Howard Carpenter comenzó a filmar historias de acción colmadas de efectos especiales caseros con su cámara de 8mm, regalo de su padre violinista. Diez años después ya se había producido su contacto con el cine fantástico desde sus escritos para su propio fanzine (Fantastic film illustrated), dedicado exclusivamente a ese género. Para ese entonces sus films caseros no le alcanzaron, y a los veinte años -abarrotado de ideas en su cabeza- partió hacia la Universidad del Sur de California para estudiar cine con los grandes maestros: Hitchcock, Welles y Hawks. Entre sus trabajos de estudiante, hubo uno que le significó un premio Oscar luego de haber sido seleccionado por la Academia como Mejor cortometraje. En The resurrection of Bronco Billy fue co-guionista, editor, compositor de la banda sonora y director de segunda unidad. El hecho singular de hacerse cargo de la composición de la banda sonora de sus películas, es una de sus marcas y se convertiría a lo largo de su carrera en un recurso indispensable para lograr esos climas y atmósferas únicas que caracterizan su obra cinematográfica. En el transcurso de su estadía en la Universidad (nunca se graduó por reprobar siempre la materia Idioma Extranjero) empezó a filmar un corto que luego se convertiría en su ópera prima: Dark Star (1974). El corto filmado en 16mm y con 6000 dólares cuenta con la participación de Dan O´Bannon (amigo de Carpenter), quien una década más tarde escribiría el guión de El vengador del futuro y dirigiría su única película El regreso de los muertos vivos en 1985, film de culto que parodia a los de zombies y al clásico de George Romero. Dark Star es otra parodia de los viajes espaciales con un guión escrito por Carpenter y O'Bannon, cuyo principal atractivo radica en transmitir la sensación claustrofóbica que rodea a un grupo de astronautas hippies que se debaten en el cosmos con una bomba atómica inteligente que se niega a ser desactivada. El film fue definido por Carpenter y su socio como un "Esperando a Godot en el espacio" y sus referencias a 2001 de Stanley Kubrick son más que evidentes. Convertida en película y pese a la interesante propuesta, esto no contribuyó al despegue anhelado por Carpenter y su amigo, negándole su entrada al negocio cinematográfico. Su primera aproximación hacia el establishment hollywoodense se produjo gracias a su posterior guión sobre una criatura extraterrestre que se encuentra entre los tripulantes de una nave espacial y desata el terror en la nave, y que luego fue llevado al cine de la mano del director Ridley Scott; se trata de Alien, el octavo pasajero. Sin duda, la idea del encierro y la tensión transmitida por Carpenter se ven plasmadas en las mejores escenas del film. A comienzos de los 70 se vio involucrado en una serie de interesantes proyectos como guionista, entre ellos el western jamás filmado Blood river y los desperdiciados al momento de rodarse Los ojos de Laura Mars (1978), El día de la luna negra (1986) y el western El Diablo (1990). La gran oportunidad le llegó a John Carpenter cuando conoció a un productor de Filadelfia, quien le propuso realizar un film cuyo costo no superara los cien mil dólares. Convencido del éxito garantizado, Carpenter lo persuadió de hacer un explotation action film con forma de western moderno. Luego de varios nombres sugeridos, fue un distribuidor quien encontró el título que mejor expresaba el espíritu del guión. Bajo el sugestivo nombre de Asalto al precinto 13 nació el segundo largometraje de Carpenter y su carta de presentación como uno de los cineastas más prometedores del momento. Aquello que en un comienzo fue planteado por su director como "una reelaboración de Río Bravo, de Howard Hawks", luego durante el desarrollo se terminó transformando en un trabajo personal, pulido con ideas propias y con influencias de La noche de los muertos vivientes y del cine catástrofe de los años 70. En la película, del año 1976, la acción se desarrolla en una comisaría abandonada donde un policía negro, un condenado a muerte y una empleada administrativa se defienden del feroz ataque de una pandilla interracial. El film muestra escenas de una intensidad violenta que todavía hoy conservan su sello dentro del género, como el asesinato de una nena mientras saborea su helado o el tiroteo con armas silenciosas en el cual los malos destruyen el lugar. Aunque en Estados Unidos la película no consiguió su merecido reconocimiento, su suerte en Inglaterra como resultado de una adecuada publicidad pensada por su distribuidor británico fue muy diferente, obteniendo elogios de crítica y público hasta en el festival de Cine de Londres del año siguiente. En calidad de agradecimiento al distribuidor, Carpenter luego inmortalizaría su nombre en el personaje central de su tercer film: Michael Myers, uno de los íconos del cine de terror de las últimas dos décadas. Para hacerse cargo del proyecto de Halloween (1978), Carpenter exigió que le respetaran tres condiciones: autonomía total, ninguna interferencia y poder componer la banda sonora. Así se gestó Halloween, uno de los films independientes más taquilleros en la historia. Entre el reparto se encontraba el conocido actor Donald Pleasence, quien interpreta al doctor Loomis, y aparece el psychokiller Mike Myers, que asesina a jóvenes pecadores. El film además lanzó a una joven promesa, hija de la actriz Janet Leigh y Tony Curtis, llamada Jamie Lee Curtis. Con la película Carpenter no se vio influenciado por su admirado Hawks, sino que esta vez se dejó atraer por otro maestro, Alfred Hitchcock, precisamente por Psicosis. De esta forma fue elaborando una trama cuyo principal acierto lo constituyó la creación de su villano Myers, que en la noche de Halloween de 1962 siendo apenas un niño asesina a su hermana adolescente, quien acababa de tener sexo con su novio.
Sangre, tensión y una banda sonora compuesta por el mítico Carpenter no fueron los únicos ingredientes adecuados para lograr una fórmula exitosa, sino también la idea original de que el protagonista aparezca con una máscara tapando su rostro. Este hallazgo permitió otorgarle a la figura de Myers un aspecto monstruoso y no humano, además de sus sucesivas resurrecciones que lo ubican en el campo de lo sobrenatural. Como sucede con cada film de John Carpenter, se pueden elaborar varias lecturas sobre ideas plasmadas en la pantalla. En el caso de Halloween se lo acusó de ser un film moralista, dado que quienes tienen relaciones son asesinados por Myers y el personaje de Curtis aparenta cierta represión sexual. En esta película hay un modo implícito de entender el cine, que dista del que impera en la mayor parte de las producciones del género. Carpenter calcula cada uno de los movimientos de la cámara con una precisión milimétrica. Ni los encuadres ni el uso del fuera de campo son gratuitos. Si la temática del encierro era evidente en Asalto al precinto 13, en esta ocasión desaparece la claustrofobia: él mismo afirmaba en una entrevista que su técnica consistía en poner paredes por todas partes que bloquearan a los personajes y hacer un buen uso de las lentes. Más allá de las críticas, el film fue un éxito impresionante y no tardaron en llegar sus secuelas. Pese a los millones de dólares que consiguió recaudar, Carpenter no participó de las ganancias, debido a que eso estipulaba su contrato. De las seis secuelas que hasta el momento se hicieron de Halloween, John sólo participó de forma activa en la parte dos como co-guionista, compositor musical y co-productor; el film fue dirigido en 1981 por Rick Rosenthal. En Halloween 3, su aporte fue en la banda sonora y como co-productor. Afortunadamente, no tuvo nada que ver con las sucesivas Halloween 4, el retorno de Michael Myers (1988), Halloween 5 (1989), Halloween: la maldición de Michael Myers (1995) y H20 (2000). Todos estos films fueron mediocres pero obtuvieron buenos resultados en la taquilla y el apoyo incondicional de sus seguidores. El impacto de Halloween en lo que se refiere al género fue tan grande que no tardaron en multiplicarse las películas de dudosa calidad sobre adolescentes asesinados por un psicópata de turno al estilo Myers, como la recordada saga Martes 13. No cabe duda que estos splatter films (tripas y mucha sangre) son un tributo a Halloween y a su creador. Sin embargo, distan mucho de aquella película cuyo recurso principal era sugerir en vez de mostrar, lección que Carpenter debe a Hitchcock indudablemente. Si bien nunca más pudo generar un fenómeno comercial como el de Halloween, sus trabajos posteriores gozan de una calidad indiscutible. En La niebla (1980) unió a Jamie Lee Curtis con su madre Janet Leigh en una historia de fantasmas donde se rebela el pasado criminal de un pueblo californiano. El film presenta un estilo cinematográfico muy cuidado y la influencia de los cuentos de Lovecraft en su narrativa. Tuvo como coprotagonista a su esposa Adriene Barbeau, quien también integró el excepcional elenco de su siguiente film Escape de Nueva York (1981), con Kurt Russell, Lee Van Clef y Donald Pleseance entre otros. Con un presupuesto de siete millones de dólares para representar un futuro desolador donde la ciudad de Manhattan se convierte en una prisión, el vuelo creativo de su director no tiene límites. Esta quizás sea su película más ingeniosa, cínica y divertida, que a su vez contó con la empresa de Roger Corman para los efectos especiales y de uno de sus empleados, el director James Cameron. El salto cualitativo provocado por el film tuvo un rápido efecto positivo en el siguiente proyecto. Así fue como en 1982 llegó El enigma de otro mundo (The Thing), su film más ambicioso. Otra vez Kurt Russell se encarga de protagonizar este remake del año 1951. La historia se desarrolla en un puesto estadounidense que se instala en la Antártida para investigar el extraño comportamiento de un grupo de colegas que intentan asesinar a un pobre perro, hasta que finalmente descubren que se trata de un ser extraterrestre que asimila la forma humana. La película se destaca por dos aspectos: sus efectos especiales y su final incierto y muy poco convencional, aunque no fue un aliciente en cuanto a taquilla y crítica.
Con Christine (1983) -basada en una novela de Stephen King- logró su mejor obra como director. Luego de este film que se apoyó en la atmósfera transmitida por King en su novela original, donde un automóvil poseído desata el terror en un pueblo pequeño, Carpenter se toma un respiro de sus historias truculentas y se aleja del género experimentando con otras ideas. Así surgió Starman (1984), con Jeff Bridges en un rol de extraterrestre bueno que conoce la intolerancia de los hombres y descubre el amor. Esta idea marcó el lado opuesto de El enigma de otro mundo y es un film sentimental de su factoría. Tal vez su proyecto más cercano al mainstream y sorpresivo porque precisamente siempre se mantuvo lejos de esta tendencia fue Rescate en el barrio chino (1986). Esta comedia de acción desopilante con Kurt Russell y Kim Catrall como su partenaire femenino es su obra más despareja, y además implicó el distanciamiento de Russell como colaborador de Carpenter. Superada esta etapa, con El Príncipe de las tinieblas (1987) vuelve a explotar el costado terrorífico y apocalíptico con un costo muy reducido. El film se concentra en la historia de una iglesia habitada por un cura sin fe que encuentra la verdadera esencia del mal en un líquido extraño que transforma a la gente en zombies. Contando nuevamente con la presencia de Donald Pleasence, podría considerarse que esta producción es una variación de Asalto al precinto 13. El siguiente trabajo es quizás su film más político y anárquico, Sobreviven (1988), con el luchador de catch Roddy Piper, quien interpreta al obrero de una construcción que llega a una villa miseria de Los Angeles invadida por extraterrestres que mediante mensajes subliminales esclavizan y corrompen a los humanos. Carpenter no tuvo problemas en admitir que su film es una alegoría sobre los republicanos de la era reaganiana, así como también una mirada crítica sobre la sociedad.
Luego de un prolongado descanso que se extendió por 4 años, el realizador retomó su vínculo con el establishment a través de su fallida Diario de un hombre invisible (1992) con el comediante Chevy Chase. El retorno al terror y al universo Lovecraftiano encuentra su máximo exponente en su film posterior En la boca del miedo, que cuenta entre sus figuras estelares al interesante Sam Neill y al experimentado Charlton Heston. La película, inmerso en una atmósfera claustrofóbica y paranoica gira en torno a un libro de terror que puede desatar el apocalipsis. Es una obra maestra del género pese a su escasa repercusión. En un intento por recuperar la taquilla, en 1995 realizó El pueblo de los malditos, una remake de la historia de unos niños extraterrestres con poderes capaces de controlar la voluntad de los pobladores atemorizados. Si bien el film es excelente no alcanzó el objetivo de taquilla que necesitaba. Carpenter también dejó su rastro en la televisión con el thriller hitchcockeano Someone is watching Me (1978), la biografía Elvis con el protagónico de Kurt Russell, y la serie para cable Bodybags (1993), donde aparece encarnando a un excéntrico cuidador de una morgue. En 1996 se reencontró con Kurt Russell en Fuga de Los Angeles, secuela de Escape de Nueva Cork e indiscutiblemente una de las mejores películas de su último período. El film -concebido con un estilo similar al de un cómic- transmite bajo cierto nihilismo un tono irónico, donde subyacen sus ideas políticas y su mirada escéptica frente al futuro. En sus dos obras siguientes, Carpenter recurre a las claves del género del western y el terror y resignifica sus viejas obsesiones. En primera instancia, Vampiros puede considerarse un western moderno y apocalíptico, con James Woods en su rol de caza-vampiros memorable. Por otra parte, en Fantasmas de Marte (2001), con la sensual Natasha Henstridge, la historia se desarrolla en un planeta en el que las fuerzas del mal se apoderan de una tribu post-industrial que retrocede a un estado de primitivismo. El film se caracteriza por la violencia de sus imágenes y su relato construido en una serie de flashbacks donde se aprecia la fluidez narrativa de su director. Más allá de los aciertos y errores que puedan contarse en la producción cinematográfica de John Carpenter, así como también de sus inesperados cambios de rumbo, queda muy claro que de aquel niño de Rochester que jugaba a hacer cine al experimentado director que ahora juega a hacer películas, algo permanece intacto: el indiscutible sello de una persona que ama al cine.
Pablo Ernesto Arahuete
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