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A lo largo de la historia del cine, el fértil y heterogénero territorio de
lo fantástico ha visto desfilar la más variada gama de monstruos, hadas,
espectros, brujas, superhéroes y extraterrestres, y muchos realizadores se
han servido de la artificiosidad de estas criaturas para reflexionar
-desde el terror, las historias maravillosas o la ciencia ficción- sobre
realidades muy concretas, como los miedos, los prejuicios, los conflictos
sociales y las paranoias colectivas. En ese vasto terreno donde lo
misterioso acecha en las sombras preparado para alterar radicalmente la
vida cotidiana, donde lo sobrenatural irrumpe sin aparente explicación,
aún cuando en muchos casos viene a hablar sobre la inestabilidad y la
complejidad de la existencia humana, deambulan los personajes del director
norteamericano más prometedor de la actualidad: M. Night Shyamalan.
Nació en la India pero fue
criado y educado en los EE.UU. Por su primer largometraje, Praying with
anger, recibió el premio al film debut del año, otorgado por el
American Film Institute de Los Angeles en 1993. Su segunda película,
Wide awake (1998), no tuvo gran respuesta del público y además fue
defenestrada por algunos críticos, que la consideraron un film de
propaganda católica. Pero pronto llegaría su hora: inspirado en su propio
miedo infantil a los fantasmas, escribió y dirigió Sexto Sentido,
que le valió un enorme
éxito de taquilla y una nominación para el Oscar al mejor director de
1999. Ese mismo año, escribió en colaboración con Greg Brooker el guión de
Stuart Little, adaptación de un clásico de la literatura infantil
de E.B.White. En el 2000 llegó a los cines El protegido, que no igualó la
performance de su film anterior en las preferencias de los espectadores
pero confirmó definitivamente a Shyamalan como un guionista imaginativo e
inteligente y un nuevo talento del cine mundial.
Invocando a los
Clásicos
Sexto Sentido
tiene claras influencias de un clásico del terror que M. Night Shyamalan
reconoce como uno de sus filmes favoritos: El Exorcista, de William
Friedkin (1973). Particularmente en la construcción de los personajes, el
realizador utiliza una cantidad de elementos referenciales que sin duda
reformula en términos de su propia historia. Al igual que en el caso de
Regan (Linda Blair), la niña poseída por el demonio en la película de
Friedkin, el mal de Cole (Haley Joel Osment) es tratado por un psicólogo y
atribuido en primera instancia a trastornos de índole psíquica. Por su
parte, tanto el doctor Crowe de Sexto Sentido (Bruce Willis) como
su colega el padre Karras (Jason Miller) en El Exorcista son
personajes complejos, que cargan su propia cruz y se ven obligados a
realizar un viaje interior y atravesar una serie de duras pruebas para
liberar a sus respectivos pacientes. Las madres en ambos films (Toni
Collette y Ellen Burstyn, respectivamente) se cuestionan, no comprenden,
se sienten impotentes al no poder ayudar a sus hijos.
Al
mismo tiempo, la película de Shyamalan contiene citas directas a otro
clásico del terror diabólico, La Profecía, de Richard Donner
(1976). El primer encuentro entre Cole y el doctor Crowe se produce en una
iglesia: el niño está jugando con unos soldaditos, uno de los cuales
pronuncia en latín la frase "Desde el abismo clamo a ti, Señor", la misma
que reza el Salmo 130. En La profecía, cuando Robert Thorn (Gregory
Peck) entra a la habitación del difunto sacerdote que lo alertó sobre la
verdadera naturaleza de su hijo, se sorprende al hallarse en el recinto de
un atormentado, que tiene las ventanas y las paredes cubiertas de papeles
y cruces -más tarde se comprenderá que efectivamente el cura necesitaba
protegerse porque era uno de los marcados, los ungidos de Satán-. Y en una
de las paredes, en segundo plano, aparece escrita en rojo sobre los
papeles la misma frase del soldado de Cole. Haciéndole pronunciar estas
palabras a su protagonista a esa altura de la película, donde aún no hemos
visto nada, Shyamalan está adelantándonos que este niño es un elegido de
algún tipo, un ser marcado, y que además esa marca que lleva lo atormenta
y lo llena de miedo y confusión, justamente como al cura del film de
Donner. Otra referencia directa a esta película es el reflejo que la mamá
de Cole advierte en las fotos de su hijo y que no es otra cosa que los
espíritus que lo visitan; similar a la manera en que las fotos que toma
Jennings (David Warner) en La Profecía presagian el futuro de las
personas que retratan. En ambos casos, las cámaras de fotos aparecen como
capaces de capturar otra dimensión, aquélla que los ojos y los sentidos
humanos no alcanzan a distinguir.
Lo significativo de las citas y
referencias que mencionamos es que aluden a dos clásicos del terror de los
setenta, época en que como bien señala Eduardo Russo en su Diccionario de
cine, el género logró superar "la especie de gueto en el que fue confinado
durante toda su historia, para formar parte de la actual producción
mainstream". Estas operaciones constituyen algo más que meros homenajes a
directores admirados, son más bien declaraciones de principios. Mediante
ellas M. Night Shyamalan se inscribe dentro de la tradición del cine de
género y declara que este cine puede ser de altísima calidad si se es lo
suficientemente astuto como para encontrar los giros adecuados y no
repetir fórmulas agotadas. Night admira ese cine y se posiciona en él
deliberadamente. Es por eso que no resulta extraño ver entre Stuart
Little (el pequeño protagonista de la película homónima) y la
impostora que pretende ser su madre, una relación similar a la que entabla
el hijo de Ben y Jo McKenna (James Stewart y Doris Day) con su
secuestradora en El hombre que sabía demasiado, de Alfred Hitchcock.
Un
nuevo clásico con final sorpresa
Cuando Elijah Price (el
personaje interpretado por Samuel L. Jackson en El Protegido)
recibe la primera historieta de manos de su madre, ella dice "cuentan que
ésta tiene un final sorpresa". Es que Shyamalan no sólo se ha reservado
pequeñas apariciones en sus dos últimas películas, sino que se da el lujo
de citarse a sí mismo y comentar que sus finales son, en realidad, sólo un
elemento más de una cuidadosa construcción. En efecto, sus resoluciones
son sorpresivas pero jamás arbitrarias, y hay en sus películas una
especial preocupación por la disposición de los elementos de la puesta en
escena, de modo que funcionen como indicios, pistas muy sutiles que
permitan prefigurar la conclusión de las historias.
Busquemos
ejemplos de lo dicho en los films. En Sexto Sentido, una primera
huella la constituyen las transiciones, que se marcan básicamente mediante
fundidos y cortes a negro más extensos de lo común, que antes que elipsis
parecen establecer un límite con el fuera de campo que nunca nos es
revelado y que es de vital importancia que ignoremos y que no nos genere
inquietud. Asimismo, si por un lado Shyamalan tiende al espectador astutas
trampas a la hora de presentar al doctor Crowe y regatea información sobre
la condición del psicólogo, que constituye la sorpresa final -como la
escena en que Cole entra en su casa, y todo parece indicar que su madre y
el médico han estado conversando hasta ese momento... una vez más, el
engaño del fuera de campo-, al mismo tiempo esa condición está sugerida a
la largo de toda la película de manera muy perspicaz, en especial a través
de la vestimenta y el sótano donde trabaja el doctor Crowe: un lugar bajo
tierra, siempre frío y del cual su esposa huye en la primera escena,
siempre vedado por una puerta con una prominente manija de puño roja. Es
particularmente interesante la forma en que el color rojo se hace presente
en la escenografía para indicar la presencia de los muertos: basta
recordar las cajas en la alacena de la cocina de Cole, o el globo rojo que
sube al altillo y de alguna manera convoca al niño a seguirlo.
En El Protegido la
sorpresa es mucho menos decisiva que en su antecesora y, en consecuencia,
la construcción del film está mucho menos condicionada por el final. La
conclusión es, de hecho, una especie de corolario, un modo de explicitar
lo que ya se viene prefigurando claramente a lo largo de toda la película.
Cada vez que Elijah aparece en escena en las distintas etapas de su vida,
su imagen se muestra reflejada en alguna superficie. Así, su nacimiento se
ve a través de un espejo, de niño aparece reflejado en un televisor
apagado y de adulto, en el vidrio de un cuadro que ilustra la lucha entre
un superhéroe y un villano. Es que Elijah es la contracara del héroe, su
extremo opuesto, y para afirmar su identidad necesita de la existencia del
otro, precisamente como una imagen en un espejo, que no existe sin la
presencia del objeto reflejado. Otro detalle cuidadísimo en el film es el
trabajo con la iconografía: no sólo Filadelfia está fotografiada como una
ciudad de cómics, sino que los dos protagonistas están caracterizados como
héroe y villano respectivamente. En la primera escena en que Elijah
aparece en Edición Limitada, describe la quijada cuadrada del héroe y la
cabeza desproporcionadamente grande del villano, y en la exposición del
final, David y la madre de Elijah hablan de los ojos desmesurados del
malvado: si se observa detenidamente es exactamente como Willis y Jackson
lucen en el film. La capa de David en contraposición al sobretodo negro de
Elijah, también contribuyen a la composición de estos dos personajes
fantásticos.
Los
héroes y los dones
Los films de Shyamalan se
inscriben en el género fantástico según su definición más clásica: la vida
habitual y cotidiana de las personas se ve alterada por situaciones que
exceden los límites de lo racional y sólo se explican por la irrupción de
un elemento sobrenatural -fantasmas que visitan a un niño, superhéroes
dotados de poderes extraordinarios-. Estos elementos y la forma en que
ellos afectan la vida cotidiana de los personajes, son el material del que
se vale el director para hablar sobre la comunicación, los seres
diferentes, los dones y el heroísmo, temas presentes en sus dos obras.
Cine de freaks, de personajes hipersensibles, no comprendidos o ignorados,
cine de elegidos, sus películas están imbuidas de una profunda
espiritualidad que reside, no obstante, en los aspectos diarios de la
vida.
En Sexto Sentido, tras la fachada de un filme de fantasmas,
Shyamalan retrata un conjunto de seres solos, confundidos, extraviados,
con cuentas pendientes, que sólo encuentran su rumbo cuando aprenden a
comunicarse y cuando se hacen conscientes de cómo utilizar los dones que
los diferencian del resto al servicio de los demás.
En El Protegido, el director postula la existencia de verdaderos
superhéroes, que andan por ahí a veces sin conocer sus dones y habilidades
y sin desarrollarlos, sin llevar a cabo su misión. Eso los hace portadores
de una tristeza inmensa, como la que David lleva consigo,
una búsqueda constante de respuestas que tiene su origen en el hecho de no
estar respondiendo a aquéllo para lo que son llamados. Esto es lo
novedoso, lo revolucionario de los héroes de Shyamalan. En una
cinematografía como la estadounidense, que tradicionalmente se ha ocupado
de las gestas heroicas, que no se cansa de inventar hombres aparentemente
comunes que salen sin un rasguño de las situaciones de peligro más
inverosímiles, este joven director plantea, en un contexto fantástico, un
personaje que es verdaderamente irrompible, pero tiene una fragilidad y
una humanidad que lo hace más cercano a nosotros que cualquiera de los
hombres de plástico de la películas de acción. Los héroes de Shyamalan
tienen dones (ven a los muertos, guían a los niños, no se lastiman) pero
esos dones les duelen, les pesan, los llenan de miedo. Tienen una misión
salvífica en el sentido cristiano de la palabra: misión que implica amor,
sacrificio, renunciamiento y entrega total. Tienen defectos y debilidades,
son héroes carentes, dan y fundamentalmente necesitan ayuda de los otros.
Son héroes fantásticos, que en realidad están reflejando de manera patente
el costado extraordinario del hombre común.
Silvina Palmiero
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