| Pasan los
años, quedan los artistas
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Abajo el telón (The cradle will rock - EEUU / 1999 - 132 min) Dirección: Tim Robbins Intérpretes: Hank Azaria, Rubén Blades, John Cusack, Susan Sarandon, Emily Watson, Vanessa Redgrave, Angus McFayden, John Turturro y Bill Murray
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Tim Robbins se caracteriza por hacer films
que se alejan continuamente de la mirada complaciente y políticamente
correcta de Hollywood, con un fuerte compromiso con su tiempo, pero sobre
todas las cosas, y ese sea tal vez su mayor mérito, sus películas gozan
de un plus de honestidad tanto artística como ideológicamente hablando.
Lo cierto es que desde aquel muchacho irreverente de El ciudadano Bob
Roberts, un film mordaz e inteligente sobre la política, al director
experimentado de Abajo el telón, la transformación se produjo
progresivamente, arrojando un indiscutible crecimiento desde el punto de
vista cinematográfico. Este es sin dudas su film más ambicioso; desde lo
narrativo por tratarse de un film coral, es decir, muchos personajes que
forman parte de una historia central que se bifurca en varias sub-tramas
entrelazadas entre sí, y desde lo cinematográfico porque cuenta con una
brillante dirección, donde se ensayan complicados movimientos de cámara,
sorteando airosamente una arriesgada puesta en escena.
Bajo el pretexto de un episodio real en la vida del cineasta Orson Welles, sucedido en la década del 30, que consistió en la censura de una comedia musical, (traducida al castellano como La cuna tambaleará, nombre original del film) vinculada con el sindicalismo y acusada de promover ideas comunistas y anti-americanas, Robbins entreteje una compleja trama que podría dividirse en tres partes: gestación de la obra teatral, ensayos en el Teatro Federal y finalmente su poco convencional estreno clandestino en otro teatro. Bajo esta estructura narrativa, el director se las ingenia para abrir un abanico de conflictos, insertando viñetas a modo de sketches donde subyacen la crítica política al sistema, la defensa a ultranza de la libertad de expresión, la decadencia de la sociedad americana con una marcada brecha entre pobres y ricos, la aguda crítica a los grupos de poder y el sentido tributo a los artistas y al teatro. El contexto elegido no pudo ser más propicio porque los Estados Unidos en los años 30 sufrían la crisis económica más brutal de su historia. Se alimentaba el germen del espíritu xenófobo contra el fantasma del comunismo, pero sin embargo se transitaba por un período de fervor y esperanza de cambio desde algunos sectores sociales muy poderosos, y capaces de quitarle el sueño a quienes operaban detrás de las sombras para que todo siguiera igual. Sobre este eje opera este mecanismo de relojería narrativo, en un marco espacio-temporal construido con la intencionalidad de que cada pieza encaje, y para que esa manipulación de hechos y situaciones relevantes en la historia norteamericana no desentone con el espíritu del film, sino que reconstruya una mirada que oscile, entre la melancolía por un pasado ya enterrado, de ahí su desenlace esclarecedor -que por razones obvias no revelaré aquí-, y la auto-crítica nada indulgente a una sociedad conformista. Sería injusto concentrar los elogios en Tim Robbns sin hacer referencia al ecléctico conjunto de actores elegidos para el film. Es notable cómo se adaptaron a un registro y tono particular exigido por el realizador, que repta entre las comedias a lo Frank Capra y las de enredos a lo Mel Brooks. Quizás, dada la heterogeneidad de caracteres y estilos de actuación, entre un John Cusak que compone a Rockefeller y un Bill Murray que interpreta a un ventrílocuo patético (que bien le sientan esos personajes a Bill), exista un abismo desde el punto de vista dramático. Por ello, es criticable y desacertada la ampulosidad y extravagancia de muchos personajes como el de Orson Welles (Angus McFayden) o el compuesto por Vanessa Redgrave, que aparecen como caricaturas y no como seres de carne y hueso. Si bien el sentido de esta idea recae en marcar un contrapunto entre las actuaciones, el film no logra despegar del cliché y el estereotipo. Como un tramoyista que mueve los decorados y crea un mundo mágico en escena, Tim Robbins le devuelve al cine americano el fervor y entusiasmo perdido, y parece querer decirnos que aunque pasen los años, quedan los artistas. Pablo E. Arahuete
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