Alejandro Magno

(Alexander – EEUU / Inglat / Alem - 2004 – 175 min)

Dirección: Oliver Stone

Intérpretes: Colin Farell, Angelina Jolie, Val Kilmer, Jared Leto, Rosario Dawson y Anthony Hopkins

 

Hollywood Babilonia

 

 

 

 

 

 

 



Si a uno no le gustara tanto Oliver Stone como director esta nota sería tanto más fácil de escribir. El sagaz critico del establishment americano, el rebelde antibelicista autor de todo un tríptico sobre la guerra de Vietnam, el creador tan cuestionado por algunos renombrados pacatos  debido a sus “excesos” cinematográficos y que dejara para el recuerdo films tan potentes como JFK, Asesinos por naturaleza y Un Domingo cualquiera es, también, quien firma la última gran epopeya histórica al servicio de Hollywood con toda su megalomanía a cuestas: Alexander, el esperado biopic sobre Alejandro Magno.

Gracias a un extenso metraje de casi tres horas, Stone intenta una visión totalizadora del conquistador en cuestión, un hombre que a muy corta edad alcanzó la cima de poder y construyó para la cultura Helénica el Imperio más grande jamás conocido, abarcando territorios impensados para los ojos de hoy en día. El guión – también co-escrito por su director- abarca desde su nacimiento hasta su muerte y, sin profundizar demasiado en ningún aspecto, sobrevuela sobre la retorcida relación con su madre dominante y sedienta de poder, Olimpia (Jolie), la ambivalente competencia con su padre Filippo II (Kilmer), su latente y manifiesta bisexualidad en el fiel y honesto vinculo que lo une a Hefestión (Leto), su exótico matrimonio con Roxane (Dawson) a fines de engendrar un heredero al trono y, por sobre todo, su ascenso militar, sus conquistas y su ocaso y decadencia, pasando por lealtades y traiciones tan comunes a los hombres que son sometidos a regímenes extenuantes y a travesías interminables.

El fundamental problema del que adolece Alexander como película es, por un lado, su endeble guión que hace agua por todos lados, y por el otro  su increíble elección de casting. Vayamos por partes. En cuanto a lo primero los personajes aparecen muy estereotipados, muy de enciclopedia y sus textos parecieran estar ofreciendo una clase historia. Tómese como ejemplo a Ptolomeo (Hopkins), el anciano narrador que une y explica los baches que la trama se encarga de desparramar por ahí. Su tono lento y didáctico, unido a lo inútil de su intervención atentan contra el dinamismo que la película requiere para no tornarse en un soporífero y tedioso mamotreto imposible de digerir. En cuanto a la selección y dirección de actores, resulta por lo menos curioso el error en Oliver Stone, cuando siempre fue uno de sus mayores aciertos. El estilo interpretativo que impera en el film parece más apropiado para una tragedia operística que para cine y, en este caso, como no se trata de un actor determinado sino más bien de una marcación general adrede, le caben todas las responsabilidades.

Un personaje como Alejandro requería de un actor de fuerte presencia física y de gran personalidad dramática. Colin Farrell no reúne ninguna de las dos condiciones y por el contrario confunde magnitud con grandeza e histrionismo con intensidad. El irlandés luce más desatado que nunca y solo en pequeños y aislados momentos su composición conmueve. Angelina Jolie es quizás el ejemplo más claro del problema. Primeramente alejada por la edad de su personaje (es un año mayor que Farrell y compone a la madre!!!) y luego por convicción, mezcla rara de villana de telenovela con bruja de cuento infantil, le imprime a su voz un acento difícil de discernir (parece ruso), con lo cual parece una extranjera colada entre los griegos. Como si esto fuera poco, en cada aparición suya se encuentra enredada entre serpientes cual si fueran collares y brazaletes, sugiriendo –por si hacía falta- el veneno que lleva adentro. Realmente risible.

Si bien estas elecciones de dirección hacen difícil reconocer al Oliver Stone que todos conocemos (y para que no sean todos palos) hay ciertos destellos de imaginación y de grandeza que colocan a la película en un escalón por encima del bochorno. Solo dos grandes batallas aparecen en el film: Gaugamela, que fue el primer eslabón de su carrera militar y produjo la caída del Imperio Persa y casi en el final la situada en los bosques de la India, donde se enfrentó al poderío de los elefantes y fue herido en combate. Estas secuencias encuentran lo mejor del director en su salsa. Planos y subjetivas en donde uno no se imagina, filtros virados al rojo cuando todo está teñido de sangre y un montaje estremecedor que genera adrenalina pura.

Se sabe y fue noticia que Stone debió efectuar algunos cortes para conformar a la productora, fundamentalmente los referidos a los encuentros homosexuales de Alejandro. Esto se nota -y es obvio- en lo poco clara que queda su relación con Bagoas, su ayudante personal, pero sin dudas no se convierte en la excusa principal para echar culpas en cuanto a la calidad de producto final.

Un Oliver Stone fallido, deslucido y con el motor algo apagado, pero que aun así se las ingenia para no desaparecer.

Omar Tubio

 

El staff completo opinó:

Pablo Arahuete Juan Blanco Sergio Dobosz Diego Martínez Luis Pietragalla Omar Tubio
7 4 - 7 - 5