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EL GRAN SIMULADOR
El maravilloso mundo de Tim Burton
Corría el año 1989 y Johnny Depp interpretaba al oficial Tom Hanson en 21 Jump Street (serie conocida en nuestro país como Comando Especial). Lejos de disfrutar el rol de sex-symbol juvenil, la tira –a la que alguna vez calificó de “fascista”- lo deprimía bastante por lo rutinario del trabajo, lo comercial del producto, y probablemente porque se encontraba en las antípodas de su propia vida de deserción escolar, bandas de rock y bohemia. Entonces llegó el encuentro con Tim Burton y la gran oportunidad de interpretar a Eduardo Manos de Tijera. La película fue un verdadero hito en las carreras de actor y director: Depp encontró en el mundo del realizador las criaturas perfectas para desarrollar su peculiar talento actoral y Burton halló al actor que daría vida a los más notables exponentes de su galería de fenómenos. El joven manos de tijera (Edward Scissorhands, 1990) es un cuento sobre un ser capaz de profesar los más nobles sentimientos y crear belleza a partir de su fealdad y sus carencias. Además, y fundamentalmente, es una fábula sobre una sociedad de intolerantes y mediocres, que discriminan y segregan todo aquello que no se les parece, ya montando un espectáculo en torno al fenómeno, ya condenándolo públicamente por sus diferencias antes que por sus faltas. Eduardo es una suerte de moderno Frankestein a quien su inventor dotó de corazón, bondad y poesía, pero le dio tijeras por manos y murió antes de poder subsanar ese pequeño gran problema. Mediante su agridulce historia, Burton habla –como en toda su filmografía- sobre la total incapacidad del común de los mortales para conectarse con y comprender todo aquello que atenta contra la normalidad de su entorno, lo cual los lleva a excluir lo extraordinario, que en el mundo burtoniano nunca es despreciable sino que, por el contrario, está siempre ligado a la magia, a lo fantástico y lo sobrenatural. Para crear a este monstruo bondadoso e inocente que nunca ha entrado en contacto con la civilización y que se ve obligado a entablar una relación particular con el mundo material que lo rodea a partir de los instrumentos que posee, Johnny Depp dice haberse inspirado en su ídolo de las películas mudas, Buster Keaton. El actor construye a Eduardo mediante movimientos vacilantes y torpes, una actitud de permanente y temerosa sorpresa frente a los objetos y las personas, y una mirada absorta en la que se combinan el miedo, la absoluta bondad, el amor incondicional y la tristeza desesperada al comprender que sus tijeras son al mismo tiempo lo que construye y destruye su relación con el nuevo universo. El trabajo de Depp es realmente excelente por donde se lo mire, porque consigue darle vida y sentimientos a un muñeco encorsetado en un traje de lata, de cabellos erizados y rostro de mortuoria palidez, simplemente a través de gestos mínimos, contadas palabras y una expresividad tan medida como poderosa. Dice la historia oficial del cine que Edward D. Wood Jr. fue el peor director de todos. Lo cierto es que el hombre filmó un buen número de películas berretas de monstruos y extraterrestres en los 50’, en medio del auge de la paranoia americana de post-guerra. En Ed Wood (1994) Tim Burton recorre la historia del vapuleado realizador desde sus comienzos hasta la concreción de su “obra cumbre”, Plan 9 del espacio exterior (1959), un film de terror en todos los sentidos. Lo interesante es el enfoque inédito que adopta para retratar al delirante director: el de un soñador, un hombre que quería decir lo suyo y mostrar su estilo en medio de un sistema que tendía a sepultar las individualidades. La escena que mejor sintetiza al film es aquella en que Ed Wood se cruza por azar con Orson Welles: los dos extremos se juntan, y el enorme Orson –otro excluído del sistema, por razones bastante disímiles- declara “Vale la pena pelear por nuestras visiones: ¿por qué pasarse la vida haciendo los sueños de otra gente?” Burton mira a Wood con indulgencia y, sin ocultar su incapacidad y torpeza, ve su determinación y su perfil de creador personal, rasgos éstos que lo hacen especial. Para dar vida a este extravagante hombre de cine, perdedor con ideales, travesti en la intimidad, amante de las mujeres y amigo incondicional de sus amigos, el trabajo de Johnny Depp se sitúa en las antípodas del anterior: en el límite de la sobreactuación, histriónico y por momentos grotesco. Como resultado, la versión burtoniana de Ed Wood tiene todo lo que necesita y en la medida justa, y resulta un ser con profunda sensibilidad, buenas intenciones y cierta inconciencia que termina por redimirlo de sus tremendas limitaciones.
En La leyenda del jinete sin cabeza (Sleepy Hollow, 1999) Depp es Ichabod Crane, un investigador que reivindica la ciencia como único medio para acceder al conocimiento y lucha por imponer sus métodos en la Nueva York de fines del siglo XIX. Sin embargo, cuando le asignan el caso de Sleepy Hollow, paraje donde un misterioso asesino anda cortando cabezas a mansalva, entra en contacto con un universo sobrenatural que lo obliga a replantearse sus propias convicciones. Es que Ichabod Crane es un hombre escindido entre dos mundos. Uno es el de los instrumentos científicos, las deducciones y las pruebas: ahí se mueve con soltura y ahí quiere permanecer, al amparo de las explicaciones racionales. El otro es el de la brujería, los conjuros y los espíritus que se levantan de las tumbas, el que lo asalta en pesadillas y lo lleva de nuevo a los brazos de su madre hechicera y a las torturas de su padre inquisidor; es el mundo del que intenta escapar y no puede. Lo interesante de la película es que el protagonista llega al encuentro con lo fantástico y al convencimiento de que esa otra dimensión no sólo existe, sino que en cierto sentido gobierna al mundo real, mediante la puesta en práctica de sus razonamientos y sus rigurosas investigaciones. En otras palabras –y una vez más- que la fantasía danza con la realidad y los bienaventurados son los que pueden percibirlo. Johnny Depp le otorga a Ichabod múltiples facetas: un hombre aparentemente seguro y frío pero casi siempre a la defensiva; alguien que comienza negando, luego duda, se asombra y finalmente se rinde frente a la evidencia de lo sobrenatural. Le pone a su personaje humor en los momentos justos, una cuota de romanticismo, una remota tristeza, una sensación de no pertenencia a ningún lugar. Apoyado por el notable empleo de la luz, y por un maquillaje que lo vuelve más maquinal cuando razona y más humano cuando sólo siente, Ichabod Crane es otra de sus creaciones inolvidables.
La última colaboración del duo director-actor hasta la fecha -sin contar el film de animación El cadáver de la novia (Corpse bride, 2005) en el cual Depp le pone voz al protagonista- fue Charlie y la fábrica de chocolate (Charlie and the chocolate factory,2005). En este caso el pequeño Charlie (Freddie Highmore) se gana junto a otros chicos un recorrido por la fábrica de chocolates más grande y misteriosa del mundo, propiedad del no menos misterioso Willie Wonka. El viajecito resulta ser menos feliz y más tenebroso de lo previsto y los integrantes del tour van sufriendo algunos accidentes, que tienen que ver con sus respectivos vicios y miserias. Por su parte Charlie, el niño verdaderamente desinteresado, el único que conserva el asombro y la candidez infantil, llega al final y resulta ser el opuesto complementario del excéntrico golosinero, el que le devuelve la infancia truncada a manos de un padre en extremo riguroso y la humanidad perdida merced a un voluntario aislamiento. Johnny Depp interpreta a Wonka, personaje deliciosamente malvado y tenebroso, en el que conviven la crueldad y la inocencia tal como en los niños; pícaro, triste, necesitado de amor y comprensión aún a pesar suyo. Andrógino, infinitamente pálido y pulcro al extremo, un ser extravagante y solo, habitante de un mundo de fantasía; un nuevo personaje a mitad de camino entre el mito y la realidad.
Cuentos de amor, de locura y de vida
Lasse Hällstrom es un realizador sueco que desembarcó en Estados Unidos a principios de los 90’. ¿A quién ama Gilbert Grape? (What is eating Gilbert Grape?, 1993), protagonizada por Johnny Depp, tiene ciertos rasgos que se repiten en toda la filmografía del director: un espacio geográfico acotado, gran cantidad de símbolos –muy evidentes pero bien utilizados-, y personajes signados por el mandato de los antepasados, el peso de las raíces y las cuentas pendientes del pasado. Depp es precisamente Gilbert Grape, un joven que vive en un pueblo detenido en el tiempo y que no tiene otra expectativa que la de cumplir con lo que se espera de él: proveer a su familia reunida en torno a una madre hiperobesa que hace años no se mueve de un sillón, correr tras su hermano retrasado –un impagable Leonardo DiCaprio- y visitar regularmente y a escondidas a su amante. Así, su vida transcurre en la más absoluta de las monotonías y sin aparentes cuestionamientos. Gilbert Grape tan sólo permanece y repite a diario los rituales que todos dan por descontado; sin embargo, el tipo está quebrado y vacío, y sus obligaciones van adquiriendo un peso difícil de soportar. Pero un milagroso día, una viajera nómade llamada Becky (Juliette Lewis) queda momentáneamente varada en sus pagos por un desperfecto en su casa rodante. A la rutina, la inercia y el horizonte acotado y mediato del muchacho, la chica contrapone la inestabilidad y el cambio, la infinitud del mundo. A partir de ese día, literal y figurativamente, los cimientos de las casa de los Grape comienzan a ceder y Gilbert decide quemar la pesada mochila que lleva en las espaldas, lo que en otras palabras significa dejar de arrastrar sus cargas como un lastre, darle un nuevo sentido a las vicisitudes de su vida y tomar las riendas de su destino. El mandato heredado se transforma en una responsabilidad voluntaria y el tránsito de los viajeros, antes ajeno y anecdótico, se vuelve personal y liberador. Años más tarde Depp vuelve a colaborar con Hällstrom en Chocolate (Chocolat, 2000), en esta ocasión como partenaire de Juliette Binoche, en un personaje más intrascendente y con mucha menor complejidad y facetas que el atormentado Gilbert Grape.
En Corazones en conflicto (Benny and Joon, 1993), dirigida por Jeremiah Chechik, Aidan Quinn y Mary Stuart Masterson son respectivamente los hermanos del título original: Joon tiene una enfermedad mental y Benny es su amoroso pero un tanto sobreprotector hermano, y en ocasiones la excesiva atención que le brinda resulta contraproducente. Johnny Depp es Sam, un individuo realmente pintoresco que aparece como un huérfano desamparado y termina poniendo orden en el caos de sus vidas. El chico es analfabeto y toda su educación y contacto con la realidad se han dado a través del cine mudo, básicamente el de los cómicos de ese período. Como resultado, viste como Buster Keaton y combina sus tics con los de Chaplin, se mueve con la gracia y la habilidad de un mimo y se relaciona con los objetos de una manera muy particular. Esa formación tan primitiva como práctica, esa falta de escolaridad, hacen que comparta un lenguaje común con Joon que tiene que ver con la intuición y los sentidos, que se vean uno reflejado en el otro, que se comprendan y se enamoren. Depp, declarado admirador de Keaton, tiene aquí una oportunidad gloriosa para emularlo una vez más. Su Sam es dulce, tiene tremenda gracia y ductilidad en su curioso modo de comportarse, determinación en sus sentimientos y habilidad para resolver situaciones, aunque no sea del modo más convencional. Se luce y se lleva todos los aplausos en una película sin mayores pretensiones. Don Juan DeMarco (1995) es la única película que dirigió Jeremy Leven. Este es el caso más acabado del personaje limítrofe que sólo Johnny Depp puede sacar a flote y llevar a alturas inimaginables. Se trata de la historia de un chico con algunos problemas familiares y de autoestima, que altera la realidad como modo de defensa y se proclama Don Juan DeMarco, el mayor y más apasionado amante del mundo. Luego de un intento de suicidio, Don Juan es derivado a un instituto psiquiátrico donde queda bajo la tutela de un terapeuta interpretado por Marlon Brando, a quien el joven reconoce como Don Octavio Del Flores. Lo realmente sobresaliente del personaje es la habilidad con que Johnny Depp lo hace caminar sobre la delgada línea que separa lo verosímil de lo ridículo, la demencia de la cordura, la inmadurez de la sabiduría, la seriedad del juego. Por su parte, la virtud del film es la de adoptar el punto de vista de la locura: Don Juan es el que narra, y el psiquiatra y el espectador se introducen en su mundo alucinante y descubren cosas esenciales que resignifican la mismísima realidad. Es, en conjunto, una película muy arriesgada y está muy cerca del absurdo total, pero la presencia de Johnny Depp es avasallante, y además tiene un especial química con Marlon Brando quien, está de más decirlo, llena la pantalla cada vez que aparece y no precisamente por los kilos que ya tenía en ese entonces. El resultado es un film de un romanticismo y una belleza memorables.
Piratas del Caribe: la maldición del Perla Negra (Pirates of the Caribbean: The curse of the Black Pearl, 2003) es una producción de la factoría Disney, dirigida por Gore Verbinski. Es un film de aventuras de los buenos, como tiempo atrás lo fue La momia (The Mummy, 1999) de Stephen Sommers; esas películas en las que se combinan la acción, el romance y el humor y cuya única finalidad es la aventura y el entretenimiento por sí mismos, sin ninguna bajada de línea ni mensaje aleccionador adjunto. Como en todo film del género que se precie hay un héroe y una heroína, un villano, y en este caso hay un personaje fenomenal, antihéroe que se sale de todos los moldes y pivotea entre los buenos y los malos permanentemente y sin dar respiro, que es el capitán Jack Sparrow, interpretado por Johnny Depp. Arruinado y traicionado por su tripulación, Sparrow reaparece para reconquistar el mando del Perla Negra, un barco sobre el que ha caído una maldición a raíz de la profanación de un tesoro aborigen. El caso es que para recuperar su barco, ahora tripulado por espectros condenados, Sparrow manipula a diestra y siniestra, intentando obtener de cada quien los favores que necesita. Hábil y astuto, amanerado, rápido con la espada, nervioso, estridente y con una gracia sin igual, Sparrow es adorable aún en su ambigüedad, y se lleva todas las miradas posibles. Otro loco aparente para Johnny, otro más que está más cuerdo que todo el resto. Por este papel, en un hecho sin precedentes, la Academia de Hollywood lo nominó al Oscar como mejor actor principal, premio que no ganó y que viene mereciendo desde hace mucho tiempo.
Descubriendo el país de Johnny D.
En Descubriendo el país del nunca jamás (Finding Neverland, 2004), Johnny Depp interpreta a Sir James Barrie, el autor de Peter Pan. La película gira en torno a la relación de profunda, sincera y desinteresada amistad entablada entre el escritor y una madre con sus cuatro hijos, y narra cómo el contacto con ellos, el juego y el ejercicio permanente de la fantasía en cada uno de sus encuentros, inspiran al autor –que venía de sucesivos fracasos de público- a escribir la maravillosa obra de teatro sobre el país de la eterna felicidad y el niño que desea serlo por siempre. Si bien la película es un poco lacrimógena –aún así, representa una franca evolución de su director, Marc Foster, respecto de su anterior dramón Cambio de vida (Monster’s Ball, 2001)- Depp se vuelve a destacar en la piel de esta especie de mago del encanto y el sueño, este hombre verdaderamente capaz de transportarse y transportar a sus amigos al reino de la imaginación. Por este trabajo obtuvo su segunda nominación al Oscar. En algún sentido, quizás sea Barrie el alter ego de Johnny Depp. Tal vez, como el autor del siempre niño Peter Pan, la fantasía y el juego sean el lugar y el mayor anhelo del actor de los roles imposibles. Esto explicaría que se desempeñe bien en muchos papeles pero sólo en algunos, esos que le dan la posibilidad de cruzar fronteras, de dar vida a sueños inéditos y de explorar territorios virgenes, esté sencillamente extraordinario. El hombre cuarentón de rostro eternamente adolescente, el que se define amante de los personajes marginales, tiene justamente el don de moverse en el margen. Lo hace con la destreza de un equilibrista que camina sobre la cuerda desafiando al vacío, y con la total certeza de que ese camino estrecho y arriesgado lo llevará a dar vida a una nueva y memorable criatura en la pantalla grande. Silvina Palmiero Links: El cadáver de la novia |