No Direction Home: Bob Dylan

El Joven Bob

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

 

 


Menuda tarea le asignaron a Martin Scorsese los allegados a Bob Dylan: construir un documental que cubriera el periodo seminal de la carrera del cantautor norteamericano, los años que van desde 1961 hasta 1966. El director aceptó gustosamente el convite, convencido por la riqueza del material de archivo que los ejecutivos de las compañías discográficas Columbia/SME y Sony Music pusieron a su disposición. Pero lo más interesante que se le ofreció a Scorsese fue una larga entrevista al actual Dylan de 10 horas de duración, producida y filmada por Michael B. Borofsky. Conocida la reticencia del músico a conceder entrevistas, tener semejante cantidad de registros exclusivos e inéditos sobre el polémico comienzo de la carrera de Dylan, el que muchos consideran su mejor periodo, debe haber resultado un factor decisivo para que Scorsese pusiera todo su empeño en completar este exhaustivo y meticuloso trabajo documental que trata de echar luz sobre un personaje complejo, contradictorio y muy ermitaño.

El film resultante, de tres horas y media, reúne gran cantidad de material de archivo en su mayoría inédito (fotos, fragmentos televisivos, registros de presentaciones en vivo, etc.). Scorsese filmó por su cuenta numerosas entrevistas a distintos individuos que tuvieron alguna relación con el joven músico. Además de la entrevista de Borofsky al propio Dylan, otra joyita del documental son los testimonios de su por entonces pareja y también renombrada cantautora, Joan Baez. Merece destacarse la entrevista de archivo a Allen Ginsberg, padrino de los escritores beatniks de los ‘50, aquí hablando exclusivamente de su encuentro y amistad con el músico. En el film encontramos casi todos los grandes clásicos de Dylan: Blowin' In The Wind, A Hard Rain's A-Gonna Fall, Mr. Tambourine Man, It's All Over Now, Baby Blue, Maggie's Farm, Desolation Row, Ballad Of A Thin Man y Like A Rolling Stone. No Direction Home (2005) sigue un orden cronológico en su retrato del artista, comenzando con su infancia en un pequeño pueblito, su relación con la vida bucólica, el descubrimiento del country y el folk, el traslado a New York, su encuentro con la contracultura de los primeros ‘60, sus primeras grabaciones, el progresivo éxito, su relación con Joan Baez, las interminables giras y presentaciones, la relevancia política de su discurso, los cambios en la orientación musical de su carrera y las reacciones que estos generaron en el publico. Pero sin lugar a dudas hay dos elementos recurrentes, estructuradores, que se dan cita una y otra vez durante el desarrollo histórico del objeto de estudio: uno es la entrevista de Borofsky y el otro es el registro de un show en vivo de Dylan en Newcastle, Inglaterra, del 21 de mayo de 1966. En este último Scorsese llega hasta el punto de subtitular los insultos y agravios que el publico le lanza a Dylan a raíz de su salto del folk más acústico, basado solo en su guitarra, hacia el rock más estruendoso, apuntalado en una banda numerosa y súper eléctrica. El film finaliza con el accidente motociclístico del 29 de julio de 1966, a pocos días de haber regresado a Norteamérica luego de la extensa gira por Inglaterra, que lo llevó a tener que alejarse de los escenarios por largo tiempo debido a las lesiones sufridas.

Ahora bien, desde el punto de vista temático, Scorsese tomó decisiones muy especificas que hacen al trazado del contenido concreto de la película: aquí solo se analiza la carrera de Dylan, dejando de lado su vida privada (solo se hace referencia “por arriba” a su relación con Baez). Esta es la única perspectiva que podemos adjudicar al carácter “por encargo” del proyecto, que a pesar de no ser en todo el sentido de la palabra una visión “oficial” aprobada por el propio Dylan, tiene esa marca de ser una obra circunscripta solo a la vida publica del artista. Dentro de esta última, la verdadera obsesión de Scorsese es la relación conflictiva del joven Bob con su público, el que progresivamente fue cambiando a razón de las transformaciones musicales e ideológicas de Dylan. Con cada nuevo cambio, vemos reacciones encontradas entre sus seguidores, algunos furiosos y otros confundidos y/ o perplejos. Desde el vamos la decisión de Scorsese de recordarnos continuamente lo ocurrido en el recital del 21 de mayo de 1966 como caso testigo de todas las giras que Dylan encaró desde 1965, busca un determinado efecto de sentido: el dejar en claro la mutua incomprensión que se profirieron el artista y su publico. Esta es otra aparición de un tema recurrente en toda la filmografía de Scorsese, la violencia latente en cada uno de los acontecimientos de la vida, la violencia utilizada como mecanismo para saldar cuentas, ajusticiar a los enemigos, emparejar situaciones, castigar a los traidores o simplemente comunicarse con los otros de la manera más brutal, directa y llana posible. Cuando el publico le grita “traidor” o “Judas” a Dylan a lo largo de todo el documental a través de los fragmentos del show de Newcastle, constantemente recordamos que estas interrupciones del desarrollo cronológico de la historia publica del personaje buscan, no que sintamos pena o simpatía hacia Dylan por la intolerancia del publico para con las decisiones musicales del artista en su paso del folk al rock, sino que pongamos en perspectiva toda su carrera, pensando y repensando las posturas que el músico fue abrazando a lo largo de esos revolucionarios años de principios de los 60 (recordemos los cambios sociales radicales que en los países centrales y luego en el resto del globo provocaron la pastilla anticonceptiva, el pacifismo contra la guerra de Vietnam, los movimientos por los derechos civiles de las minorías, el feminismo, el flower power, las experiencias con las drogas, el rock y el pop, la masificación de las agrupaciones políticas de izquierda, etc.). El documental sigue las transformaciones que Dylan fue introduciendo en su carrera de manera conciente: de músico folk minimalista a cantante de protesta masivo y elevado a la estatura de estandarte por el progresismo, de “voz de una generación” a rockero desprolijo y eléctrico. Cada uno de estos cambios repercutió en su publico, como Scorsese quiere que apreciemos: si al principio el músico concurría a manifestaciones políticas de distinta índole (por los derechos de la gente de color, por ejemplo), cuando lo dejaba de hacer era demonizado por la izquierda y defraudaba a su pareja Joan Baez (que reconoce explícitamente la enorme influencia que tuvo en el “empujar” a Dylan hacia esos actos públicos), si por otro lado dejaba de lado aunque sea por un tiempo su veta folk para experimentar con el por entonces muy popular rock ‘n roll, era atacado por sus primeros fans por “venderse”, por hacerse “comercial”, por ser un hipócrita y esquizofrénico que hacía medio recital folk y la otra mitad rock.

No Direction Home va retratando a Dylan a medida que reconstruye su particular periplo publico por aquellos años de la década del ‘60. Nos muestra a un Dylan anodino, irritante, cínico, malhumorado, distante, aburrido de todo y de todos, soberbio, mediocre por momentos, egoísta, creído de su estatura de supuesto “poeta” que no necesita ni debe justificarse frente a los demás, sean estos quien sean (prensa, publico, amigos, parejas, etc.). Resulta molesta y condenable la irresponsabilidad ideológica del músico, siempre despreocupado de sus posturas políticas tacitas o explicitas en relación a los temas sociales candentes de la época y del país. Si por un lado se burla de los motes que le adjudican los periodistas, por el otro no sabe ni tiene ni tampoco desea expresar opinión sobre nada, considerando que él es una especie de ser superior que vive en el olimpo, por lo que no debe mezclarse con la calaña común, con los problemas de los otros hombres. Las constantes evasivas del joven Dylan se reproducen en los fragmentos de la entrevista de Borofsky incluidos en el film: nos hablan de las contradicciones ideológicas de un tipo desinteresado de todo y de todos, aburrido de si mismo e incapaz de comprometerse con algo o alguien. El conformismo y la pedantería de Dylan, provocados por eso de creerse lo de “poeta” y “genio”, son retratados muy certeramente por Scorsese, nunca en forma directa, sino siempre por medio del propio relato, generalmente estructurado en primera persona a través de la entrevista de Borofsky y de otras fuentes complementarias (anécdotas y opiniones de sus músicos, de sus amigos, de los ejecutivos discográficos, de sus seguidores, etc.). El director ya había hecho maravillas en el pasado, en El Ultimo Vals (The Last Waltz, 1978), con otros músicos mediocres, curiosamente la banda que acompañó por varios años a Dylan, The Band. En ese documental que registraba la actuación de despedida de esa agrupación del folk y el rock estadounidense, ocurría algo parecido a lo que sucede en No Direction Home: mientras que teníamos constantes pruebas de la maestría visual de Scorsese, no podíamos dejar de percibir la simpleza casi infantil y lo repetitivo de unos tipos que manejan muy pocos recursos musicales y que prácticamente no poseen talento alguno. Con No Direction Home, Scorsese nuevamente nos brinda su capacidad para combinar música e imágenes, la genialidad de centrarse en los pequeños detalles que tanto hacen para darnos una idea cabal del protagonista, esa constante mirada impiadosa para con un ser contradictorio, su gran sagacidad en lo que respecta a la construcción de una narración fluida, la riqueza y variedad de todos los elementos formales utilizados en el film, y su magnifico buen gusto en lo que hace a la selección del material utilizado (todos estos rasgos también los podemos hallar en su excelente documental sobre su amor hacia el cine italiano, Mi viaje por Italia, Il Mio viaggio in Italia, 1999).

Si tenemos en cuenta que Scorsese no conoció a Dylan y que debió construir un film- retrato fundamentalmente a través de la edición y con material de segunda mano, el mayor mérito de No Direction Home es el haber penetrado como nunca antes en la figura del Dylan más mítico e influyente, el de los ’60. Si nos concentramos solo en la música, vemos lo reaccionario y conservador que siempre fue Dylan en todo sentido: cuando la vanguardia era el rock, el joven Bob practicaba los anacrónicos country y folk, verdaderos vejestorios para los primeros ’60, cuando finalmente se decidió por el rock, a casi todos les cayó muy mal esa decisión, interpretándola como un manotazo de ahogado, una opción un tanto trasnochada para la época (recordemos que la “invasión británica” encabezada por los Beatles y los Rolling Stones ya estaba en su apogeo desde 1963/ 1964). Dylan decide electrificarse recién en 1965, comenzando un testeo algo tímido entre su publico.

El director construyó un documental muy interesante sobre alguien que de interesante tiene poco y nada, pura fama que se le escapó de las manos al joven Bob y que hoy el viejo Dylan pretende volver a poner en su sitio, dejando de lado todas las categorizaciones fáciles de la época y centrándose solo en su carrera. Lo que ocurre es que al querer dejar en claro que la supuesta “voz de una generación” y el supuesto “cantante de protesta” eran simples achaques externos contra su persona, se desvanece el mito y lo único que queda es el Dylan más vacío, más austero: ese letrista rescatable, ese guitarrista mediocre y ese cantante pésimo que fue inflado hasta el infinito por los mismos que después lo condenaron como si desde el principio este tipo les hubiera prometido algo, como si él alguna vez hubiera representado una gran promesa de cambio social, político, económico y cultural. La estupidez y mediocridad del Dylan real es el centro de este genial documental de Scorsese, el cual viene a confirmar una vez más el talento del cineasta para sacar oro de los materiales más insignificantes y desalentadores. 

Emiliano Fernández